I am Lino
21 de mayo de 2026

Sí, hay burbuja de IA. No, no es el fin del mundo.

Publicado el 21 de mayo de 2026  •  14 minutos  • 2947 palabras
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Quien no conoce su historia está condenado a repetirla.

En tecnología vamos un paso más allá: conocemos la historia, la reconocemos, y la repetimos igual, cada década, con el mismo entusiasmo con el que miles de jovenzuelos asisten a raves ilegales en fin de año.

Primero aparece un juguete nuevo (las “.com”, el móvil, el blockchain, los NFT, ahora la IA).

Durante unos años, no se puede quedar a tomar algo ni sentarse en una reunión sin mencionarlo.

Y, finalmente, cuando la cosa se desinfla un poco, miramos alrededor con cara de “no se podía saber” mientras barremos del suelo el confeti del fiestón de la inversión.

Con la IA estamos justo en el momento “confeti volando y DJ poniendo música a tope”.

Desde tu primo el del bar, que quiere “poner un chat con IA en la web”, hasta el cuñado gurú que repite que “el que no se suba a esto se queda fuera del mercado”, todo el mundo tiene una opinión fortísima sobre cosas que no ha probado más allá de pedirle a ChatGPT que le escriba un email al jefe.

Y la pregunta que una persona con un mínimo de sentido común se hace es si todo esto es una burbuja o es que, como especie, no sabemos pisar el freno.

Merece la pena mirarlo con calma, sin dejarse arrastrar a ninguno de los dos extremos: ni apocalipsis robot, ni “esta vez es distinto” dicho con (hipnótico) brillo en los ojos.

De las .com a la tostadora con IA

Si buscas “AI bubble” en cualquier enciclopedia seria, verás que el concepto ya tiene nombre y apellidos: se habla de burbuja de la IA como ese fenómeno en el que expectativas, inversiones y marketing se van a la estratosfera mientras la realidad avanza a un ritmo bastante más doméstico.

La propia Wikipedia la describe como una posible burbuja bursátil parecida a la puntocom, alimentada por un flujo circular de inversiones entre las mismas grandes tecnológicas que se compran y se venden futuro unas a otras.

No sería la primera vez.

En los 80 y principios de los 90 ya vivimos algo parecido con los sistemas expertos: promesas de automatizar decisiones complejas en empresas, cheques generosos, congresos llenos… y luego años de frío polar, recortes y lo que después se llamó, con cierta poesía, “invierno de la IA”. La tecnología no desapareció, pero la espuma sí.

Si te vas a los famosos ciclos de hype de Gartner, verás que la IA generativa lleva un par de años sentada felizmente en el “Peak of Inflated Expectations”, el pico de expectativas infladas. Es ese punto del gráfico donde la curva sube tan arriba que la anotación que falta es “de aquí solo se baja”.

Primero lo queremos para todo. Después no queremos ni oír hablar del tema. Y al final lo usamos con normalidad para unas cuantas cosas que de verdad aportan valor.

Si todo esto te suena a deja vu, es porque lo es.

Lo vivimos con las .com, con el móvil, con el cloud, con el blockchain y con cada palabro de moda que haya servido para vender powerpoints a 500 euros la diapositiva.

Ahora le toca el turno a la IA generativa, que ha cumplido el guión al completo, incluido el “esta vez sí que sí” final.

El hype está en máximos: todo lleva IA, incluida tu nevera

A estas alturas, si no pones “con IA” en la presentación, parece que no tienes derecho ni a entrar a la sala.

Tenemos CRM con IA, ERP con IA, suites ofimáticas con IA, herramientas de diseño con IA, IDEs con IA, cafeteras con IA y, en cualquier momento, la freidora de aire que te sugiere recetas y terapia de pareja.

Los informes de consultoras grandes vienen a decir lo mismo con palabras más finas: se ha producido una explosión de CAPEX en IA en tiempo récord, con hyperscalers disparando gasto en centros de datos y GPUs como si no hubiera mañana, mientras los departamentos de negocio intentan recordar para qué era exactamente el piloto número 27 de este trimestre.

Y Forrester fue de las primeras en poner cifras al aviso: buena parte de la inversión en IA empresarial se estaba posponiendo hacia 2027 , porque muchos proyectos no llegaban a producción ni podían demostrar retorno más allá del “ha quedado muy chulo en la demo”.

Es un poco como la época en la que todas las empresas se hicieron app móvil propia: llegó un punto en el que había apps oficiales para cosas que jamás debieron salir del navegador.

Ahora estamos en la fase de “todo con asistente IA integrado”. Dentro de unos años nos reiremos de algunos de esos experimentos igual que hoy nos reímos de todas las ocurrencias de la era blockchain.

¿Entonces hay burbuja o no? La respuesta aburrida (y por tanto interesante)

Aquí la mala noticia para los amantes de las respuestas simples: sí y no, todo junto, todo a la vez y en todas partes.

En el frente económico, hay rasgos de burbuja que hasta los analistas de traje y corbata empiezan a pronunciar en voz alta.

Empresas como CB Insights, que se dedican a rastrear el ecosistema de startups y capital riesgo, llevan tiempo señalando un zoo de startups de IA valoradas por encima de los 100 millones, con centenares de “unicornios” de IA a 1.000 millones o más sobre el papel, muchas de ellas sin beneficios a la vista.

Hace meses ya empezaban a salir expertos en medios financieros comparando abiertamente la situación con la puntocom : mucha euforia, mucho múltiplo astronómico y una fe enorme en beneficios futuros que, de momento, son eso: futuros, futurísimos.

La gestora GMO, que no suele andarse con rodeos, le puso título a la pregunta que todos evitaban: “Valuing AI: Extreme Bubble, New Golden Era, or Both?”

La conclusión, simplificando, es que pueden estar pasando las dos cosas a la vez: sobrevaloración fuerte en precios por encima de una tendencia de fondo real, donde la IA sí apunta a convertirse en infraestructura básica tipo electricidad o Internet.

Y en el mundo académico llevan un rato diciendo lo que muchos prefieren no escuchar: que hay que separar la burbuja de expectativas comerciales (startups, rondas, humo) de la solidez técnica de la disciplina.

Lo primero se puede pinchar de un día para otro; lo segundo no desaparece porque los múltiplos se vengan abajo.

No dejamos de usar correo electrónico porque se acabó la fiesta de las .com, ni dejaremos de usar modelos de IA porque una ronda de financiación salga rana.

Traducido: sí, hay mucho globo hinchado a pulmón.

Pero dentro del globo no hay solo aire caliente: hay también hormigón, fibra y mucho código que se va a quedar ahí aunque el DJ de la fiesta baje el volumen.

El dinerito: OpenAI como síntoma y el resto mirando

Si quieres ver la tensión entre promesa y realidad condensada en un solo actor, mira a OpenAI.

Es el referente del boom, y ahora también empieza a ser el ejemplo favorito de quienes hablan de “burbuja de la IA” con cara de “te lo dije”.

Los números que circulan no son menores: documentos internos filtrados a The Information apuntan a pérdidas proyectadas de 14.000 millones de dólares para 2026.

La cifra impresiona incluso en un sector acostumbrado a quemar billetes: 14.000 millones en un año, con previsión de acumular decenas de miles de millones en pérdidas antes de hipotéticas ganancias en la década de 2030.

Hay comparaciones que duelen: algún analista se ha entretenido en señalar que el coste total del Proyecto Manhattan o del programa Apollo, ajustados a hoy, van en órdenes de magnitud similares.

Lo resumió bien un titular de Al Jazeera : la “fiesta de la financiación” de OpenAI se está frenando mientras la deuda y las necesidades de capital se disparan.

Y hay quien empieza a preguntarse si la empresa podrá mantenerse al ritmo de gasto actual sin encontrar un modelo de negocio más sólido que “ya veremos”.

Hasta el New York Times publicó una columna de opinión con un título bastante directo: “Esto es lo que me convenció de que OpenAI se va a quedar sin dinero”. El argumento era sencillo: el problema no es la tecnología, sino si los mercados de capital aguantan financiando algo que quema tanto efectivo durante tanto tiempo.

Mientras tanto, se habla de rondas gigantescas (100.000 millones aquí, 40.000 allí, acuerdos con Nvidia, Microsoft, Amazon, fondos soberanos del Golfo) para seguir alimentando la máquina de GPUs y centros de datos.

Y alrededor miran el resto de actores: desde hyperscalers encantados de venderles hierro y nubes, hasta reguladores y economistas que se preguntan cuánto de esto es apuesta razonable y cuánto es deja vu de burbuja .

No hace falta ser muy espabilado para ver el patrón: cuando una empresa necesita levantar decenas de miles de millones solo para no ahogarse, al mismo tiempo que se la presenta como la vanguardia del futuro inevitable, suena mucho a globo hinchado a presión.

Otra cosa es que dentro de ese globo haya, insisto, avances muy reales que no dependen de que una sola empresa salga bien o mal parada.

¿Y si la burbuja que explota no es la IA, sino nuestras fantasías?

Aquí está el giro interesante: muchas voces que se toman la IA en serio coinciden en que lo que probablemente reviente no es la tecnología en sí, sino el decorado que le hemos montado alrededor.

Lo que está en riesgo de “pluf” es el relato de que “en dos años no habrá programadores, abogados, médicos ni profesores, solo un gran modelo central al que todo el mundo le paga suscripciones”.

Es la idea de que cualquier empresa, por el solo hecho de “meter IA” en el producto, va a multiplicar por cinco su valor en bolsa.

Es la expectativa de que todo proceso humano se reduce a una predicción estadística bien entrenada, sin coste social, sin fricciones, sin política.

No hace falta mucha imaginación para ver por dónde podría pincharse: regulaciones más duras, escasez de datos de calidad, costes energéticos imposibles de sostener, saturación de aplicaciones que no aportan nada nuevo, o simplemente una corrección de mercado cuando los CFOs empiecen a preguntar “esto exactamente cuánto aporta al EBITDA”.

Cuando eso ocurra, porque alguna forma de ajuste habrá tarde o temprano, lo que quede será bastante menos sexy para la portada de las revistas, y bastante más útil.

Modelos integrados en flujos de trabajo, sin grandes fuegos artificiales, como hoy nadie se emociona porque un formulario web valide tu email en tiempo real, pero hay bastante ingeniería detrás.

La IA como fontanería, no como fuegos artificiales.

Entre el miedo y el fanatismo cabe una postura bastante más sensata

En medio del ruido tienes dos tribus que hacen mucho bulto.

Por un lado, los apocalípticos profesionales, que llevan años anunciando que esto va a destruir todos los empleos cualificados, que es el fin del trabajo tal y como lo conocemos, que vayamos imprimiendo el CV en cartulina antes de que se prohíban las impresoras.

Por otro, los evangelistas en modo infomercial, convencidos de que si no integras IA en todo lo que haces, incluido pasar la aspiradora, estás muerto profesionalmente, que el futuro pertenece al que más prompts haga por minuto, y que cualquier duda es señal de que “no lo has entendido”.

Los estudios serios sobre impacto en el trabajo no lo pintan en blanco y negro.

McKinsey, por ejemplo, no habla de empleos que desaparecen sino de reconfiguración de tareas: este rol empieza a dedicar menos tiempo a lo repetitivo y más a otras cosas.

Y los datos de varios sectores van en esa línea: el efecto neto no está siendo una sustitución directa, sino más bien un “aumento” de la capacidad de quienes usan bien la IA. Desarrolladores que sacan más funcionalidades con la misma plantilla, analistas que exploran más escenarios, equipos de soporte que atienden más casos manteniendo, cuando se hace bien, la calidad.

Si te vas al mercado freelance, hay datos, los que ha analizado Brookings entre otros, que hablan más de desplazamiento que de exterminio: las tareas puramente mecánicas, las que un modelo puede copiar, ven caer precios y demanda; las que combinan IA con criterio, contexto y trato humano se vuelven más valiosas.

No todo el mundo gana, pero tampoco se está abriendo el suelo bajo los pies de toda una generación a la vez, por muy dramático que quede en conferencias.

Y esta parte no le gusta a nadie. A los escépticos, porque ignorar la IA y esperar a que pase la moda es una apuesta arriesgada: algo de esto se va a quedar. A los entusiastas, porque comprarse cuatro herramientas y seguir trabajando igual tampoco es la respuesta: hay que cambiar de verdad cómo se trabaja, cómo se mide y dónde se ponen los límites.

Entonces, ¿qué hacemos mientras tanto, además de hinchar globos?

Si a estas alturas aceptas que hay burbuja, que la tecnología de fondo va a quedarse y que las expectativas se ajustarán tarde o temprano, la pregunta práctica es: ¿qué haces tú con todo esto, más allá de tuitear chistes?

Los propios informes que ponen números al boom dan algunas pistas bastante terrenales.

La primera es obvia pero no suele ponerse en práctica: entender qué hace y qué no hace la herramienta, aunque no sea más que por encima. Saber en qué es buena la IA generativa, en qué la lía, dónde hay riesgos reales, en lugar de verla como oráculo infalible o como juguete para hacer (horribles) memes.

La segunda es mirar tu trabajo con mala leche constructiva: ¿qué tareas te roban tiempo y cerebro sin aportar demasiado?

Documentación repetitiva, informes que son variaciones de lo mismo, clasificación de cosas, búsquedas tediosas, respuestas estándar… Ahí es donde la IA suele brillar como asistente, no como amo y señor.

La tercera es algo que rara vez sale en las conferencias: trabajar habilidades que ganan importancia en un entorno con IA en todas partes.

Criterio, diseño de sistemas, comunicación con personas reales, ética aplicada, capacidad de anticipar efectos secundarios y no solo “qué prompt me da más líneas de código”.

Dicho en castellano-llano: aprovechar la cresta de la ola para que te quite trabajo tonto de encima, no para convertirte en figurante de tu propia profesión.

Epílogo: sí, hay burbuja. No, no eres un espectador pasivo

Si después de todo esto te quedas con la sensación de “vale, estamos inflando otro globo, pero este globo lleva dentro cosas interesantes”, es porque no vas por mal camino.

Es muy probable que una parte respetable de las startups de IA que hoy parecen imbatibles no exista dentro de cinco años. Bastante probable que algunas valoraciones actuales nos parezcan de coña cuando las veamos con perspectiva.

Y casi seguro que, pase lo que pase en bolsa, seguiremos usando variantes de esta tecnología dentro de diez años, igual que seguimos usando la web después de que se pinchase la puntocom.

La diferencia con otras burbujas es que esta no la estás viendo desde el sofá, con los telediarios hablando de Wall Street.

Te atraviesa el día a día: en el IDE, en el correo, en el navegador, en cómo se diseñan productos, se toman decisiones y se reparten tareas.

No eres un espectador, eres parte de la gente que va a decidir, con sus decisiones pequeñas, si esto se queda en juguete caro o en herramienta útil.

Así que sí, estamos en una burbuja, porque nos encanta hinchar globos y luego hacer como que nos sorprende el “patapluf”.

Pero dentro del globo hay una tecnología que, bien domesticada, puede quitarnos de encima parte del trabajo más gris.

Que sea eso lo que pase, y no un festival de humo, despidos y recortes mal justificados, depende bastante menos de “la IA” como ente abstracto, y bastante más de lo que hagamos nosotros con ella cuando se apaguen los focos y haya que seguir picando tecla.


Glosario rápido

Pequeño diccionario para cuando el cuñado del bar empiece a soltar tecnicismos en la siguiente cena:


Fuentes y referencias

Los siguientes artículos, informes e hilos son los culpables de que este texto exista:

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